viernes, 10 de marzo de 2017

Un amor de cuentos de hadas en el Palacio Azul


En Mundo Lepra presentamos esta historia de sentimiento puro que mezcla el amor por una mujer y el comienzo de un lazo afectivo con el universo azul que comenzó en el Gargantini y no se cortará hasta la muerte. Lectura recomendada. 

Ser doble camiseta es algo inconcebible, al menos para mí. Yo soy de los que creen que el babero que llenaste de mocos de pibe tiene, necesariamente, que llevar el mismo color que la corbata con la que te entierren. Es así, el amor al fútbol es -creo yo- uno de los ritos y de las costumbres más sanas y lindas que integran el patrimonio de nuestra cultura.  

Lo curioso es, que al igual que uno no elige cómo llamarse al nacer o de quién enamorarse, tampoco elige el color de su camiseta. En la mayoría de los casos (no todos) la pasión se hereda de un familiar o de un amigo. En el mío, podría decirles que lo mamé de mi viejo.

Lamentablemente, me veo obligado a confesarles que el hijo de puta me salió porteño. Y yo, respetuoso del manual del buen hijo, decidí seguir incondicionalmente al equipo del cual me hizo hincha, muchas veces por televisión y algunas otras viajando para verlo.

Sin embargo, todos sabemos que a través de la pantalla no hay folklore alguno. Desde el sillón de tu casa no podés apreciar ese fenómeno sociológico y contracultural tan arraigado con la esencia del hincha argento. No podés deleitarte con la imagen del linyera marginal subido arriba del paravalanchas, que amenaza de muerte al arquero del equipo contrario. Ni con la de los chicos trepados al alambrado, con su carita sucia y sus ojitos iluminados, tan iluminados como la primera vez que probaron el dulce de leche.

¡Vos sabés de qué estoy hablando, pibe! de todas las cosas que la televisión no te muestra…de las bengalas, los trapos, los cantos, los choris, o del hijo de puta que te cobra el vasito de coca cortada con soda a 40 pesos… ese criminal, ése debería figurar en los medios para que lo metan en cana. Pero bueno, no nos desviemos de tema…todo, absolutamente todo eso, forma parte del folklore del fútbol argentino.

Y yo les diría que recién empecé a entender ese mambo en el Gargantini,  estadio al que comencé a asistir por los pibes, o bueno…voy a ser honesto, por una piba. Porque los pibes iban, eso es cierto, si son leprosos de pura cepa…pero también iba ella, tan natural y despreocupada, con esa pinta de puritana mezclada con un barra de Chicago.

Nos conocíamos todos del colegio, y yo por la Lepra debo admitir que sentía cierta simpatía, porque allí había dado mis primeros pasos en mi frustrada carrera de futbolista. Sin embargo, ni se me cruzaba por la cabeza ir a la cancha. Hasta que un bonito día me enteré que los muchachos solían ir con ella. Y yo, aprovechando mi lazo fraternal con los zánganos de mis amigos, me hice el boludo fingiendo interés por Independiente para compartir un rato con la morocha. 

Así las cosas, fui una de las miles de almas que coparon el Parque para darle la bienvenida al equipo tras el receso invernal de la temporada 2012/13. Recuerdo, mirá vos, como si fuese ayer aquel sábado 18 de agosto del corriente año, cuando promediando las 5 de la tarde el Azul salió a la cancha para disputar la segunda fecha del Nacional frente a Douglas Haig de Pegamino.

El partido fue deslucido y sin muchas emociones. Bah…la verdad, que del partido vi muy poco. Mi atención había sido totalmente profanada por una señorita que estaba parada un escalón encima mío -en la Salvador Iúdica- y que rodeaba suavemente mi cuello con sus brazos mientras agitaba los míos, haciéndome alentar al equipo.

El primer tiempo puedo decirte que fue un monólogo de dos adolescentes que sujetaban sus manos inocentemente al compás de las estrofas entonadas por Los Caudillos.

Ya totalmente empalagado de sensaciones nuevas y con la cabeza orbitando Júpiter, a la muy atrevida se le ocurre morderme la mejilla, y… ¡para qué! ahí fue cuando todo se fue a la mierda, hermano. Se me aflojaron las gambas en un segundo, te juro…te juro hermano, que ni con las patadas que me comía en los picados del barrio me había pasado algo así.       

Futbolísticamente hablando, lo único que recuerdo del encuentro es un desborde de Martín Gómez por la izquierda que termina en penal a Ferradas. Ya para esa altura -pasada la media hora de juego- quien les cuenta el relato estaba hasta los manos con la quetejedi. Marcos Brítez Ojeda se encargó de transformar el tiro fatídico en gol y yo el grito sagrado en un beso. Espontáneo. Corto. Conciso. Necesario. 

Del segundo tiempo me recuerdo a mí mismo cantando –totalmente embriagado de amor- la versión leprosa de “Beso a Beso” de la Mona Jiménez. Chabón, ¡nunca le había encontrado tanto sentido a una canción! Salí del templo y me fui a entrenar creyendo ser Humphrey Bogart en Casablanca.

Puedo decirles que desde ese día, Independiente significa mucho más para mí que un club que arma una fiesta de local a metros de mi casa. El Gargantini fue y será la sede de mi primer amor, es testigo de mi inocencia y de la sensación más noble y pura del ser humano. Como de la amistad con los pibes -mis hermanos- que se hace presente allí cada fin de semana desde ese día. Y aunque hoy ella no esté más en aquellas gradas, su recuerdo sigue congelado en mi retina desde entonces.

                                      


Texto escrito por: Iván Szalay

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